Salimos del aeropuerto de Bucarest en dirección a Târgu Jiu.
Atascados en el tráfico, avanzábamos por una autopista flanqueada por… nada. Nada en forma de paredes desconchadas, carteles publicitarios desvaídos en casas abandonadas y campos de hierba seca y amarillenta. Nada. Un paisaje sin montañas. Sin nada. Ese paisaje rumano románico y divino del que tanto habíamos leído no empezaba ni terminaba por estos lares. Solo suciedad arrastrada por el calor seco del sur. ¿Adónde diablos habíamos venido? Empecé a temer que aquí, en Rumanía, realmente no había nada.
Y entonces los vimos. Los romaníes.
Como sacados de una novela del siglo XIX. Sentados en un carruaje, una familia sonriente avanzaba en medio del caos de coches tirada por un caballo. El sol les brillaba en el sudor de la cara. Apenas tuve tiempo de convencerme de que eran reales cuando desaparecieron, engullidos por la distancia entre el estruendo de bocinas.
Los carruajes son uno de los símbolos de Rumanía. Nos acompañaron durante todo el trayecto de Bucarest al Banato y del Banato a Transilvania. No son solo cosa de los romaníes: los usan también otros rumanos.Los perros callejeros aparecen en restaurantes y atracciones turísticas
La civilización —con todo su ruido de motores— había quedado atrás hacía rato. Seguíamos avanzando por una nada absoluta. No hay otra manera de describirlo.
Un perro. Sin ninguna casa cerca, sin gasolineras, sin personas. Un cruce entre pastor alemán y otra raza corría a lo largo de la carretera con paso decidido. ¿Se había escapado de alguien? ¿Salía a pasear solo?
No. Los perros callejeros están por todas partes en Rumanía. Te los encuentras en manada o en solitario. Viven donde quieren y a nadie le molesta: son como palomas gigantes. De vez en cuando alguien les da de comer. De vez en cuando alguien los acaricia. En algunos sitios te ladran con ganas, en otros compiten con tu coche cuando vas despacio, pero en todo el viaje no escuchamos ni un solo caso de que alguno le hubiera hecho daño a alguien. No es raro cruzarte con un perro callejero en un restaurante o en una atracción turística. Nadie los echa. Al contrario: junto al teleférico de un mirador vimos a una perra con cachorros durmiendo tranquilamente mientras grupos de turistas se entretenían con los perritos para matar el tiempo en la cola. ¿De quién eran? De nadie. Los perros aquí son libres.
Nos encontramos más perros callejeros que palomas.Romaníes con botellas de plástico en el carruaje se detuvieron a mirarnos
Aún quedaba un buen trecho hasta Târgu Jiu y empezábamos a tener hambre. Decidimos parar en Pitești a buscar un supermercado. Circulábamos entre suciedad y polvo, por una pequeña ciudad miserable que no tenía nada que ver con Europa tal como la conocemos. Era difícil distinguir si en esas casas vivía gente, si eran tiendas o tabernas. Todo estaba escondido bajo toldos deslucidos y detrás de fachadas desconchadas.
Aparcamos junto a un supermercado anguloso y desteñido, al lado de un solar donde varios rumanos morenos fumaban y miraban. Sus ojos nos escanearon de arriba abajo, de abajo arriba, fijándose en nuestros cabellos rubios y en las zapatillas todavía limpias.
Y antes de dar diez pasos hacia la tienda, vi cómo unos romaníes que transportaban botellas de plástico en su carruaje paraban y nos miraban boquiabiertos. Un coche que pasaba también aminoró la marcha. Todos nos observaban al unísono. Intrusos.
«Me siento como una atracción turística», susurré.
«Es que somos una atracción para ellos.» Nuestros cabellos rubios hablaban por sí solos.
«Como en China.»
Entramos en la tienda y por fin entendimos cómo debía de ser todo en España en los años noventa. Ese supermercado donde todo había perdido su color hacía tiempo era como salido de las historias sobre cómo se imaginan Rumanía quienes nunca han estado. Y nosotros siempre habíamos defendido que eso no era verdad. «Rumanía ya está en la UE, mamá», solía decir yo quizás con demasiada ingenuidad.
«Esto es exactamente Rumanía», sentenció Lukáš, como leyéndome el pensamiento. Compramos fruta y volvimos al coche deprisa. Las miradas de la gente ya empezaban a incomodar.
Según el GPS habíamos salido de Pitești hacía rato, pero mis ojos no notaron ningún cambio cuando giramos hacia el camino de tierra de Golești. En la guía había leído que allí se encontraba el Muzeul Viticulturii y en él un precioso castillo. Recorrimos un largo tramo por una pista sin asfaltar, levantando polvo a nuestro paso, mientras la gente que caminaba por la calle nos miraba con curiosidad. No se podía ir rápido. Algunos nos saludaban con la mano y sonreían. Desde los coches y desde los carruajes. Había llegado la delegación del oeste.
Aquel camino polvoriento desde luego no me convencía de que nos dirigiéramos a ningún lugar habitado: avanzábamos a paso de tortuga y el castillo no aparecía por ningún lado.
Llegamos a un embalse donde, por primera y última vez en todo el viaje, vimos a romaníes nómadas. Paramos el coche y observamos aquella vista romántica, como un fragmento de mi imaginación del siglo XIX. Se tumbaban y fumaban hasta que se dieron cuenta de que nuestro coche se había detenido y alguna cabeza rubia con cámara los estaba fotografiando.
Romaníes nómadas junto al embalse
«Vámonos, no les hace gracia.» Cruzamos el embalse, donde trabajaban unos obreros. Estaban al alcance de la mano desde nuestro coche, y de nuevo esas miradas penetrantes, preguntando qué demonios hacíamos allí. ¿O solo nos observaban con curiosidad? Estaba empezando a ponerme paranoica.
Un centro cultural en medio de la nada financiado con fondos europeos
Por fin llegamos a una gran puerta histórica que debía ser la entrada al castillo del siglo XVII. Pero al entrar solo vimos un edificio enorme completamente en obras.
«¿Quieren ver?» preguntó una mujer rumana de unos sesenta años en un inglés entrecortado, levantándose de un banco.
«Bueno, ya que estamos aquí…»
La guía, que no hablaba inglés, nos indicó con gestos que entráramos en dos habitaciones justo al lado de la puerta. No había nada en ellas, solo unos cuadros feos y carteles en rumano que no entendíamos.
Luego nos dijo que subiéramos las escaleras sobre la puerta, donde había otra habitación y una terraza con vistas al castillo en obras y al solar.
«Así que hemos contribuido a la restauración…»
«Sí, bueno…»
Pero cuando bajamos, la primera guía llamó a otra y nos explicó que ahora teníamos que ir con ella. Quizás deberíamos haber pasado del tema con ese calor, pensé.
La guía número dos nos llevó detrás del castillo. Y fue entonces cuando descubrimos dónde estábamos realmente.
Un pueblo restaurado de principios del siglo XX
Ante nosotros apareció un pueblo restaurado de principios del siglo XX. Un proyecto de la Unión Europea. Pequeñas casitas de madera con mobiliario de época. Había una escuela, una iglesia, un ayuntamiento, una taberna y un cementerio. Una atracción por la que en Calgary (Heritage Park, Canadá) pagarías unos 40 € aquí estaba prácticamente sin turistas. La única diferencia con el parque canadiense era que aquí no había actores interpretando a los habitantes.
Y así paseamos por ese oasis tranquilo y sofocante de civilización occidental escondido en medio del polvoriento pueblo de Golești. La guía nos pasó pronto a otra, que nos hizo el recorrido por la última sección. No parecía tener fin. ¿Cuánto habían construido aquí? La guía número tres tampoco hablaba inglés, pero el silencio debía de incomodarle, así que nos iba explicando lo que veíamos en rumano.
Por fin pareció que nos acercábamos a la salida. La última parada fue antes de la entrada al parque, donde había establos a medio terminar y más casas. Aún no estaba listo del todo, quizás por eso no había turistas, caímos en la cuenta. En el parque, que contaba con una pequeña cafetería limpia y aseos, había también un escenario. Con fondos europeos se estaba creando aquí un centro cultural en medio de la nada.
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